Mientras asistimos con
estimulante expectativa al debate parlamentario sobre la intención del Poder
Ejecutivo de recuperar por ley la soberanía en materia energética, y ya
contando con la aprobación casi unánime del Senado, fastidia esta especie de
objeción reiterativa acerca del presunto retraso que tendría la decisión tomada
hace algunos días.
Admitamos que no es sencillo
responder el insidioso interrogante. Que la respuesta depende de cómo nos
encuentre de ánimo, por eso no siempre reaccionamos igual ante este tipo de
planteos capciosos, cuando no estúpidos.
Pareciera también que esta
objeción, formulada con insistencia desde los sectores más reacios, surge cada
vez que les duele en el alma confirmar un nuevo, renovado acierto del Poder
Ejecutivo. “¿Por qué no se hizo antes?”, interpelan con cinismo, como si las
acciones más determinantes de una gestión transformadora pudieran ajustarse a
una cronología prefijada y metódica.
No cuesta demasiado emplear la
argumentación racional de la política para responder con interés didáctico y
persuasivo a la desembozada provocación. Basta con que se advierta la
determinación que anima cada paso dado en la dirección del rumbo establecido. Y
por si hace falta, vaya el siguiente repaso de algunos avatares que signaron el
camino recorrido.
Néstor Kirchner recibe el país
en 2003 en un estado deplorable, tras muchos años de gobiernos que no supieron,
no pudieron y en cierta forma, no quisieron eludir los conflictos que
terminaron sucumbiendo la economía nacional. Cautiva de los mismos
condicionamientos durante un cuarto de siglo, esa Argentina empantanada hasta
la coronilla terminó resultando inviable. Desde 1976 a 2003 imperó con mayor o
menor énfasis la concepción de que el endeudamiento externo no sólo era
inevitable debido al paulatino rigor de los compromisos contraídos, sino
también la principal herramienta para financiar la restricción de divisas
producida por el crónico déficit de la balanza de pagos. Esto se agravó cuando
se decidió no pagar la deuda externa. La depresión económica de 2001 y 2002
arrojó los peores indicadores de desempleo y pobreza.
Con esa calamidad entre sus manos
y encabezando un gobierno respaldado con apenas el 22 por ciento de los votos,
¿podía el flamante presidente adoptar medidas inmediatas que implicasen
colisionar con poderosos capitales a los que poco antes se los había atraído
para que viniesen a controlar nuestro patrimonio público? Afortunadamente, sin
que lo hubiese anticipado en la campaña electoral, aunque después pudiera
inferirse tras el discurso de asunción ante la asamblea legislativa, Kirchner
percibió de entrada que la Argentina padecía de una “estructura productiva
desequilibrada”.
Kirchner poco a poco trazó un
rumbo de cambio que fue restaurando al país de su fenomenal deterioro, para
ponerlo al final de su gestión en condiciones de crecer con inclusión social y
empezar a vislumbrar su desarrollo. En esos primeros años, había que tener
sensatez para defender el diagnóstico correcto, y coraje para cambiar las
reglas de juego del crónico statu quo precedente.
Comprender el concepto de
“estructura productiva desequilibrada” significa verificar que la Argentina
tiene un sector primario que es muy productivo a nivel internacional y como
contrapartida un sector industrial cuya productividad es relativamente menor.
Siempre saldrá más caro el producto industrial en términos del producto
primario. Es una cuestión estructural que acarrea dos efectos: el campo produce
por encima de las necesidades alimentarias del país, por lo tanto la presión de
las exportaciones tiende a fijar el tipo de cambio en base a su productividad
relativa a la internacional, tipo que queda sobrevaluado para los bienes
industriales. Al mismo tiempo, el sector primario por sí solo no puede dar
empleo a la fuerza de trabajo disponible, por ello persiste una tendencia al
desempleo estructural. Como consecuencia, los empresarios industriales están
bajo la tensión de una crisis de insolvencia permanente, al invertir y no poder
vender a un nivel que se corresponda con una tasa de retorno adecuada.
El kirchnerismo logró la
hazaña de romper este esquema que parecía perpetuarse, luego de varios años de
aplicación sostenida de una combinación de medidas: mantuvo un tipo de cambio
administrado, que satisfizo las necesidades de los exportadores de productos
primarios agrícolas, y a la vez no resultó un impedimento para la inversión de
los industriales en equipamiento moderno. A su vez, consiguió y cuidó el
superávit comercial para impulsar el flujo de divisas a la plaza local, y
cuando la excesiva liquidez del dólar amenazó con apreciar demasiado el peso,
el Banco Central resolvió incrementar las reservas a cifras récord. Mientras
tanto la industria se recuperó y empezó a crecer con fuerza de la mano de un
mercado interno demandante, pero lo más importante de los últimos años es la
participación creciente de la producción industrial en las exportaciones
argentinas, porque por primera vez revierte aquel desequilibrio estructural.
Así pudo generar el siguiente círculo virtuoso: defendió el sector externo y su
capacidad de aportar divisas, o sea, obtuvo ingresos que favorecieron el
desarrollo industrial, con lo cual aumentó el empleo y los salarios, que a su
vez impulsaron las exportaciones industriales.
Para completar esta tarea hizo
falta la continuidad de dos gestiones de gobierno orientadas en el mismo
sentido. Hoy puede verificarse que el modo productivo complementario que
defiende el oficialismo es compartido por vastos sectores vinculados tanto al
agro como a la industria. Por supuesto que hay enemigos incrustados en la
resistencia obcecada dispuestos a embarrar la cancha, y cuyos voceros tienen en
Clarín y La Nación el soporte mediático para la amenaza y la difamación. Es
parte del trabajo cultural que aún queda por realizar, aunque los buenos
resultados verificados día a día alivian la tarea y neutralizan los efectos del
reaccionarismo a ultranza.
“Las cosas se hacen cuando se
puede”, dijo la presidenta Cristina Fernández en respuesta a esa crítica
maliciosa. Para que el gobierno reuniera la fortaleza económica y la solvencia
administrativa de hoy, hizo falta corregir la concepción de Estado nacional,
recomponer la autoestima ciudadana y valorar la política como instrumento de
participación popular. Seguramente en la ponderación de estos méritos habrá
descansado el apoyo en general que la oposición más votada el 23 de octubre
último le dio al proyecto de ley del oficialismo que está en Diputados, ya con
aprobación de la Cámara alta.
También es preciso señalar que
hasta el año pasado la menguada producción de petróleo y gas no había impedido
la acelerada expansión de la economía nacional. De pronto, la importación de
combustibles totalizó el equivalente al saldo favorable de la balanza
comercial, y en el balance del rubro específico significó un déficit de poco
más de tres mil millones de dólares. Por lo tanto, con los resultados
definitivos del comercio exterior en la mano, recién este año se activó la
alarma para empezar a diseñar una táctica de atenuación de los efectos
negativos inmediatos, para entonces proyectar la estrategia de largo plazo que
permita –mediante decisiones soberanas- recomponer la estructura productiva del
sector energético. Claro que pudo haber distracciones y dilaciones de distinto
tenor, pero siempre en el marco auspicioso del arduo trajín inherente a la
crisis de crecimiento, es decir, a partir de las renovadas dificultades que
produce la acumulación de buenos resultados.
Patear el tablero, aunque la
medida después se defienda y justifique con sólidos fundamentos legales, trae
consecuencias ingratas y es necesario estar bien preparados para sobrellevar
las reacciones de Estados poderosos como una España refugiada en la Unión
Europea. Por ahora no lo sabremos, pero no sería raro enterarnos más adelante
que esta determinación se estuvo sopesando durante largo tiempo, para no
incurrir en una imprudencia que lamentaríamos muchísimo.
En fin, el optimismo y la
confianza ayudan cuando se basan en situaciones plenamente verificables. Cuesta
imaginar que con otro gobierno nos hubiese ido mejor que con éste. En casi
nueve años ha dado prueba más que suficiente de que es capaz de abrirse paso
con audacia cuando las papas queman, y de resultar airoso en la acometida tras
los primeros escarceos. Pero si algún grado de vacilación enturbia el ánimo, es
conveniente recordar que el pronunciamiento de las urnas en 2011, nunca hubiese
podido alcanzar tan formidable victoria de no haber mediado el masivo optimismo
y la pródiga confianza de los argentinos.

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